La felicidad, ese anhelo universal y esquivo, ha sido objeto de reflexión desde tiempos inmemoriales. ¿Es un estado permanente o momentos efímeros que iluminan nuestra existencia? En Madrid, el Museo de la Felicidad invita a los visitantes a explorar estas preguntas a través de una experiencia sensorial y participativa que busca desentrañar los misterios de la alegría humana. Y de paso, sacarte una sonrisa y levantar tu estado anímico. Unas promesas llamativas que nos animaron a venir a conocerlo.
De entrada, ya os decimos, que no veníamos nada predispuestos. Al contrario, los prejuicios era imposible dejarlos en la puerta y pensábamos que todo sería una concatenación de cursilerías, New Age, frasecitas de Mr. Wonderfull y consejos de autoayuda tan grandilocuentes como vacuos. Vamos, que llegando serios, pensábamos que no nos iban a sacar ninguna sonrisa. Spoiler: nos cerraron la boca desde el primer instante. Y es que, el torno de entrada, solo se abre si la cámara detecta una amplia sonrisa en tu rostro. Fake it till you make it.
Más de 600 metros cuadrados y más de 20 experiencias
Ubicado en la Ronda de Valencia 8, el Museo de la Felicidad, conocido como MüF, se presenta como el primer espacio experiencial dedicado a este sentimiento en el mundo. Con más de 600 metros cuadrados, ofrece un recorrido por diversas salas temáticas que combinan historia, ciencia y arte para ofrecer una visión multifacética de la felicidad. La primera parada es una cama elástica donde al saltar, liberas las tensiones y las dejas fuera. Es decir, te centras en el momento presente, en cómo sientes tu cuerpo y en sacar de ti todo lo estresante.
Entre las más de 20 experiencias inmersivas, destaca el Risódromo, una cabina diseñada para provocar risas incontrolables, liberando endorfinas y demostrando el poder terapéutico de la risa. El concepto es sencillo: te encierras con otras personas en esta singular máquina y a reír se ha dicho. Sí, la máquina marca tiempos en los que debes reír aunque sea forzado. Y es que, según nos dice, el cerebro no distingue entre risa genuina o artificial y aunque sea una risa impostada, liberas endorfinas por igual. Aunque, ya te aseguramos que al cabo de unos instantes es imposible no desternillarte.
El museo te anima a tirarte a la piscina
También es importante atreverse a tirarse a la piscina y a probar cosas nuevas, algo clave para la felicidad. Por ello, nos animamos a tirarnos de espaldas, desde cierta altura, sobre una mullida cama. Y sí, sentimos la adrenalina y, aunque fuera de nervios, nos fue imposible no reír. Al igual que cuando te tiras por el empinado tobogán que tienen en mitad de la sala y el pudor y la vergüenza se reencuentran con el entusiasmo de ese niño interior.
Risotadas muy educativas
El museo no solo busca entretener, sino también educar. A través de instalaciones interactivas, los asistentes pueden descubrir datos curiosos, como qué países lideran los índices de felicidad o cómo distintas culturas perciben y celebran la alegría. Ya te decimos que algunos de los datos te van a sorprender y mucho. Y en esta línea más didáctica, los visitantes pueden disfrutar del Laboratorio de la Felicidad, donde se exploran los componentes químicos y emocionales que conforman este sentimiento, ofreciendo una perspectiva científica y lúdica.
También te explican el poder de la música para subir el ánimo. Y lo hacen en una peculiar cabina donde puedes escuchar las supuestamente 10 canciones que más motivan y animan de la historia musical, según la neurociencia. Porque aquí, todo está avalado por estudios y presentado con un enfoque científico. Aunque disfrutamos como críos, no olvidamos que estamos en un museo. Eso sí, un museo que implica todos nuestros sentidos y ofrece otra parada para descubrir la felicidad a través del tacto, el gusto o el olfato.
No solo aprendes de la felicidad sino que la sientes
Tras todo un recorrido variado y dinámico que nos deja eufóricos, algo agotados y con una sonrisa permanente que ni el Joker, entramos en su show de magia. Sí, también ofrecen un espectáculo de magia a cargo del mago Miguel de Lucas que nos invita, a través de un curioso truco, a conocer más sobre nuestras emociones y cómo enfocarnos en lo positivo.
Cuando termino el recorrido, me doy cuenta de que no solo he aprendido sobre la felicidad, sino que la he sentido. De camino a la salida, cumplo el reto del Cajero de la Felicidad y le regalo un cumplido a la chica de recepción: “Gracias por hacer que esto funcione tan bien”. Su sonrisa, amplia y sincera, parece ser la respuesta que el museo quería enseñarme. Y es que la felicidad, a veces, está en los gestos más pequeños.