Algunas ficciones no pasan de moda porque no pertenecen a ella. Hablan de lo que duele, de lo que late, de lo que se pudre lentamente en las esquinas de una casa o de una conciencia. Vuelven una y otra vez como si necesitaran ser escuchadas de nuevo, porque en realidad nunca dejamos de habitarlas. El Teatro Español, en pleno verano madrileño, abre sus puertas a un clásico que conserva intacta toda su fuerza dramática: ‘Un tranvía llamado Deseo’, de Tennessee Williams.
El triángulo entre Blanche, Stella y Stanley explora poder, vulnerabilidad y opresión
La historia arranca cuando Blanche DuBois, interpretada por Nathalie Poza, llega a casa de su hermana Stella (María Vázquez) tras perderlo todo. La convivencia con su marido, el rudo Stanley Kowalski (Pablo Derqui), desata un choque cultural y emocional brutal. En ese reducido apartamento, lleno de secretos, frustración y deseo, la tensión se convierte en tragedia. El triángulo entre Blanche, Stella y Stanley explora poder, vulnerabilidad y opresión con una maestría que solo un texto de Williams puede alcanzar.
Bajo la dirección de David Serrano, el montaje opta por una lectura clásica del texto, tratando de mantener su pulso original sin modernizar contenidos ni lenguaje. La ambientación recrea con minuciosidad una vivienda de Nueva Orleans, con una escenografía que respira humedad y alrededores claustrofóbicos, dominados por luces cálidas que evocan sudor y tensión. Por su parte, el diseño de vestuario, fiel a los años cuarenta, apuesta por tejidos cargados de textura, reflejando la decadencia emocional de los personajes.
La obra sigue trayendo señales sobre la desigualdad y el poder masculino en el espacio íntimo
La actuación de Nathalie Poza como Blanche brilla en intensidad pero tropieza a veces con una excesiva expresividad teatral en algunas secuencias. Pero, pese a ello, logra desgranar a la perfección la psique de la protagonista y cautivar a todos con su fragilidad y ambición. Pablo Derqui ofrece un Kowalski brutal y calculado, menos explosivo que Brando pero igualmente intimidante, aunque en algunos momentos se pierde y no transmite las dudas y arrepentimientos del personaje. María Vázquez, por el contrario, compone una Stella creíble, emotiva y atrapada entre lealtad y sometimiento.
El conflicto entre sueños y realidad
La fragilidad de Blanche representa el idealismo confrontado con la tosca realidad proletaria encarnada por Stanley. Williams contrapone fantasía y fuerza bruta en un conflicto que sigue siendo universal: el choque de clases, de géneros, de sueños rotos. Y lo que duele no es solo el derrumbe de Blanche, sino el modo en que la realidad —áspera, irrefutable, brutal— aplasta toda posibilidad de consuelo o belleza.
Asimismo, Serrano y los intérpretes son conscientes de la urgencia contemporánea de los temas: maltrato, acoso, opresión emocional. Nathalie Poza recuerda que vivimos «en un mundo sin compasión ni empatía, que machaca al más débil». Así, la obra sigue trayendo señales sobre la desigualdad y el poder masculino en el espacio íntimo. El choque entre Blanche y Stanley no es solo el de dos personajes, sino el de dos civilizaciones: la que se derrumba envuelta en encajes, y la que asciende a empujones, con músculo y resentimiento.
La obra no solo habla del deseo como pulsión, sino como condena
La famosa frase final, «Siempre he confiado en la bondad de los extraños», subraya la tensión entre esperanza y deterioro psíquico. La obra pone de relieve ese viaje doloroso de Blanche, una mujer rota que busca refugio en la ilusión y se estrella en la cruda lógica del orgullo social, la soledad y el abandono emocional.
Y así, cuando las luces se apagan y queda solo el eco del último suspiro de Blanche, comprendemos que ‘Un tranvía llamado Deseo’ no habla únicamente del deseo como pulsión, sino como condena. Que hay quien sube a ese tranvía buscando redención y termina extraviado entre estaciones que no existen. Y que en ese viaje —tan humano, tan devastador— lo que más duele no es la locura, sino la lucidez de saberse frágil en un mundo que no perdona la debilidad.
Fotografía: Elena C. Graiño