Hubo un tiempo —y aún lo hay— en que una conversación, un encuentro o incluso una tregua se decidían alrededor de una barra. En España, el pincho es más que comida: es gesto, rito, idioma común. Y como todo lo que se comparte sin protocolo, tiene algo de sagrado. En pleno barrio de Chueca, en el interior del Mercado de San Antón, Tapa Española 18 toma ese legado y le rinde el homenaje que se merece. Una oda en forma de raciones, al modo más nuestro de estar juntos.
«En un principio iba a ser una coctelería, pero acabamos con tortilla de patatas», comenta Alejandra La Cruz, responsable de comunicación. Ese giro inesperado, casi involuntario, fue también una declaración de intenciones: lo castizo se impuso al artificio. Desde entonces, Tapa Española 18 ha ido construyendo una carta breve pero rotunda, donde cada pincho es una reivindicación. Hay pulpo en salsa, ciervo guisado, chistorra, bacalao o morcilla, y siempre, siempre, algo que recuerda a casa.
El puesto se especializa en raciones de toda la vida: torreznos, calamares, puntillas o croquetas.
El puesto se especializa en raciones de toda la vida: torreznos, calamares, puntillas o croquetas. Productos humildes en apariencia, pero con alma de clásico. «No hay producto humilde si se trata con amor y criterio. Una simple sopa de ajo puede ser todo un manjar», afirma Alejandra La Cruz. Porque cuando se parte del buen producto, no hacen falta fuegos artificiales. La clave está en el respeto, en el tiempo, en ese punto exacto de cocción que no se mide con cronómetros sino con memoria.
A la pregunta inevitable —¿qué define a un buen pincho?— lo tienen claro: «Sobre todo calidad, y luego que estéticamente sea agradable. Y, además, claro, un producto de calidad». Aquí todo luce apetecible. Hay algo en la disposición del mostrador, en el brillo exacto del alioli, en el encuadre involuntario que logran cada bandeja y cada bocado, que invita a quedarse un poco más.
Aquí la cocina es una forma de volver a las raíces
La ubicación también suma. Estar dentro del Mercado de San Antón les permite convivir con cocinas de todo tipo, sin dejar de ofrecer identidad propia. «El mercado ofrece mucha variedad, hay muchas posibilidades diferentes, eso lo hace más atractivo aún», comenta la responsable. Y lo cierto es que entre ceviches, baos o arepas, encontrar unos buenos torreznos se convierte en un acto casi poético. Una forma de volver a las raíces.
Tapa Española no es solo un puesto gastronómico: es un recordatorio de que lo sencillo —cuando se cuida— puede ser extraordinario. Y que, en un mundo de tendencias fugaces, la tradición bien hecha siempre es aclamada. «El mimo que tenemos en cada ración o pincho, la calidad del producto y sobre todo el trato al cliente es lo que hace que todos repitan», asegura Alejandra La Cruz. Y, sin duda, nosotros volveremos.