La luz se atenúa y la alfombra del salón se convierte en campo de batalla. Dos matrimonios, copas en mano, sonriendo con cortesía, dispuestos a pactar una pelea infantil. Pero algo cruje bajo esa superficie de convivir civilizado. En el escenario del Teatro Alcázar, ‘Un dios salvaje’ abre una grieta y deja entrar lo que se esconde tras el barniz de lo correcto: el resentimiento, la competitividad, la cortesía que deviene en agresión. Con el paso de los minutos, la conversación amable se convierte en un juego de jaque donde cada padre, cada madre, destila su propia solemnidad rota.
En esta producción del texto de Yasmina Reza, traducido por Jordi Galcerán y con dirección de Tamzin Townsend, el montaje recupera sin concesiones el filo de la obra original: lo que nace como comedia se transforma en catarsis. Dos parejas se reúnen para dialogar sobre un incidente entre sus hijos. Pero lo que parecía protocolo y buen tono se convierte en un infierno silencioso de reproches, deseos frustrados y ambiciones veladas.

La obra es un espejo incómodo de la sociedad
No es una comedia ligera para pasar el rato, sino un espejo incómodo que nos devuelve la imagen de lo que somos cuando creemos comportarnos correctamente. La risa aflora, sí, pero con un sabor ácido: al tiempo que celebramos la brillantez del diálogo de Reza, nos vemos arrastrados a reconocer nuestra propia impostura. Y en ese reconocimiento reside el pequeño escalofrío de la obra.
El elenco merece especial atención. Luis Merlo y Natalia Millán encabezan la función con solvencia, junto a Juanan Lumbreras y Clara Sanchis. Cada uno aporta fisicidad al texto: los gestos se tensan, las sonrisas se congelan, las pausas hablan. La puesta en escena del Teatro Alcázar —espacio íntimo, pero con visibilidad que acentúa el vértigo de lo cotidiano— permite que el público sea cómplice y víctima a la vez de esa explosión de lo familiar.

A ratos, la escalada se siente algo predecible
Sin embargo, en ciertos pasajes, la escalada se siente algo predecible —esa progresión de lo doméstico al esperpento ya la conocemos—, y la versión española adolece por momentos de una puesta en escena que podría profundizar aún más el carácter claustrofóbico de la situación. Pero el texto gana fuerza gracias al reparto y al ritmo febril que se imprime en el escenario, lo cual hace que resulte amena.
La brutalidad del civismo
La obra interroga la delgada línea entre la civilización y la barbarie. Reza sugiere que bajo la etiqueta de “educación” muchas veces se oculta una hidra de competitividad, envidia y violencia simbólica. En el montaje madrileño esta tensión está potenciada: la cortesía es máscara que se quita, y cuando cae, queda solo el instinto. Es ese «dios salvaje» interno que todos albergamos.

La obra resuena en este momento de cordialidad pública en crisis
La obra resuena en este momento social donde la cordialidad pública está en crisis. Vivimos en un tiempo en el que la mediación y el acuerdo parecen endebles y ‘Un dios salvaje’ lo pone de manifiesto con humor y brutalidad. El salón pulido de las parejas no es otro que el ágora contemporánea: el hogar, la escuela, las redes, donde se libran micro-guerras que muchos prefieren ignorar. Y cuando bajamos la guardia, estalla el conflicto.
Ver ‘Un dios salvaje’ es asistir a un espectáculo que entretiene pero sobre todo incomoda, que hace reír y luego pensar, que nos empuja a mirar a nuestra mesa, a nuestras conversaciones, y preguntarnos: ¿cuándo dejamos de ser educados y empezamos a luchar? ¿Cuándo se alza ese dios salvaje? Y al salir del Teatro Alcázar, esa pregunta se queda contigo, como un eco persistente y despiadado.