Lo primero que vemos es una habitación vacía, una mujer sola y una noche que no termina. Allí, en esa vigilia de fin de año, Murielle —la protagonista— arrastra los escombros de una vida vivida para otros, y en ese tren de recuerdos y silencios surge el estruendo de lo que ha sido y ya no es. Con voz quebrada y determinación, Anabel Alonso se entrega a ese precipicio íntimo y nos invita a mirar lo que sucede cuando una mujer decide romperse para reconstruirse.
En ‘La mujer rota’, el monólogo no es solo la estructura, es el campo de batalla. Murielle, la mujer que habla, no conversa con nadie, porque su interlocutor real es el vacío —su marido ausente, su hijo perdido, su hija muerta, ella misma desconectada—. En la adaptación de Heidi Steinhardt ese aislamiento se magnifica: la actriz está sola, la sala contiene un reducto de aire viciado y el tiempo parece estancado en un segundo interminable. La elección es valiente porque no hay distracción, no hay reparto coral, no hay escapatoria: el público se convierte en confidente forzado. Esta soledad escénica es el primer golpe de la obra.
Anabel Alonso —actriz habitual de la risa y el gesto ligero— se rehúsa aquí a atender a lo cómodo. Su Murielle es un ser arrastrado por la inercia y por la posibilidad de un grito que nunca dio, pero también por ese instante en que entiende que ya no va a esperar más. Su voz, modulada, pero también rota; su cuerpo, aparentemente reposado, pero tensionado; su respiración, medida y turbulenta a un tiempo. Es ese pulso entre lo controlado y lo que se desborda lo que dota de fuerza la interpretación.

La obra se convierte en un mecanismo de desmontaje de lo que “tener éxito” significa
El escenario simula una casa que ya no cobija, una habitación teñida del gris de la tristeza y una imagen física de la soledad. La escenografía de Alessio Meloni se compone de paredes encaladas, una luz opaca que casi no penetra, y un sonido doméstico que insiste en su anonimato. La puesta en escena no opta por la espectacularidad, sino por la opresión visible: ese ambiente es un personaje más que acompaña la caída de Murielle. La dirección de Steinhardt apuesta por la continuidad, sin respiro aparente, como si Murielle hubiera quedado enganchada en un bucle de pensamientos que la arrastran hacia adentro.
¿Quiénes somos cuando todo se desprende?
Aquí radica el corazón filosófico del montaje: la identidad femenina entendida como servicio, espera, cumplimiento, cariño prestado. Beauvoir ya lo señalaba: una mujer puede convertirse en objeto de los otros antes de ser sujeto de sí misma. Esta versión teatral toma ese principio y lo actualiza: Murielle no solo ha sido reducida por el matrimonio, la maternidad o la sociedad, sino que ella misma ha internalizado que su valor depende de esos roles. Y cuando esos roles se deshacen —la hija muere, el hijo huye, el marido se ha ido—, la pregunta se vuelve brutal: ¿y ahora quién queda? La obra se convierte en un mecanismo de desmontaje de lo que “tener éxito” significa para una mujer, y lo hace sin concesiones.
En ese sentido, ‘La mujer rota’ no es solo la historia de Murielle, sino una parábola sobre el despojo de toda identidad construida en función del otro. Su eco se escucha en obras como ‘¿Quién teme a Virginia Woolf?’ de Albee o ‘Las criadas’ de Genet, donde los personajes se enfrentan al vacío de sus máscaras y descubren que la domesticidad es una forma refinada de alienación. Beauvoir, como en ‘El segundo sexo’, desmantela la ficción del amor romántico y la maternidad idealizada, revelando cómo la mujer, educada para cuidar, se vacía al hacerlo.

La obra plantea que la autenticidad no se alcanza en la plenitud, sino en la ruina
El trasfondo filosófico de ‘La mujer rota’ también puede leerse como una meditación sobre la libertad en su forma más cruda: aquella que llega cuando ya no queda nada que perder. Beauvoir, discípula y a la vez crítica de Sartre, trasladó el existencialismo al terreno de lo cotidiano, al ámbito de las emociones y los vínculos que nos definen y nos limitan. En esa línea, la obra plantea que la autenticidad no se alcanza en la plenitud, sino en la ruina: solo cuando la estructura social —el matrimonio, la familia, la reputación— se desmorona, el individuo vislumbra la posibilidad de ser. En ese espejo resuena también el eco de autoras como Marguerite Duras o Sarah Kane.
‘La mujer rota’ no ofrece redención ni moraleja; ofrece una grieta por la que asomarse a lo que somos cuando desaparecen los roles, los afectos y las certezas que nos sostienen. En la interpretación de Anabel Alonso, esa grieta es donde cada espectador reconoce, aunque sea por un instante, la vulnerabilidad de existir. Y quizá ahí, en ese reconocimiento silencioso, en ese temblor compartido, el teatro alcanza su sentido más puro: recordarnos que la vida —como el alma—, a veces, solo se entiende cuando se rompe.