Hay noches en las que el teatro se convierte en confesionario. En ‘La cordura loca de Lady Macbeth‘, la pequeña sala del Teatro Tribueñe se transforma en la mente de una mujer que ya no sabe si está enloqueciendo o, por primera vez, está viendo con claridad. Durante siglos, Lady Macbeth ha ocupado el podio de las grandes malvadas de la literatura: ambiciosa, implacable, casi inhumana. La dramaturgia y dirección de Irina Kouberskaya y la interpretación volcánica de Beatriz Argüello proponen algo mucho más incómodo: mirar a Lady Macbeth no como icono del mal, sino como mujer atravesada por el trauma, por la culpa y por una pasión que la arrastra a la locura. Lo que cuenta incomoda, duele y fascina a partes iguales; y quizá, precisamente por eso, resulta imposible apartar la vista.
‘La cordura loca de Lady Macbeth’ no pretende reescribir a Shakespeare para volverlo más amable, sino para volverlo más verdadero. La propuesta de Irina Kouberskaya, que levanta vuelo en la intimidad casi ritual del Teatro Tribueñe, desmonta el estereotipo de la mujer monstruo y lo sustituye por un retrato ferozmente humano. Aquí, Lady Macbeth no es solo el icono de la ambición desmedida, ni la instigadora de la violencia, ni la sombra manipuladora detrás del poder masculino: es una mujer atravesada por un trauma que nunca cicatrizó, una herida viva que sangra incluso cuando se empeña en caminar erguida.

Argüello no interpreta: confiesa, convoca, exorciza
La interpretación de Beatriz Argüello nos obliga a mirar aquello que siempre preferimos no ver: la grieta. «Lo entiendo como parte de la complejidad de la mente de Lady Macbeth, una mujer marcada por un trauma que la imposibilita vivir en paz. Vive en una cordura aparente y estable, hasta que las circunstancias desatan en ella toda la violencia y la sed de venganza que llevaba dentro», apunta Argüello. Esa lectura no solo humaniza al personaje: lo rescata del juicio moralista con el que se lo ha reducido durante siglos. Lo que aquí sucede es una operación de justicia poética.
En escena, Argüello no interpreta: confiesa, convoca, exorciza. Su cuerpo es territorio bélico donde la respiración corta y la palabra quebrada construyen un paisaje emocional en caída libre. El trabajo físico es uno de los mejores en la escena teatral española. No hay artificio ni grandes gestos: solo verdad. Esa verdad arde. «Ella es víctima y verdugo. Se mueve en esa dualidad. Todo lo que la sucede y las acciones que comete son parte de esa herida sin sanar que sangra dentro de ella permanentemente. Ha sido incapaz de perdonar y perdonarse», indica la intérprete.
Simbolismo y cuerpo
El montaje es visual y simbólico. Cada objeto respira, cada elemento se vuelve extensión del cuerpo. No es escenografía: es mente. «Los elementos que me rodean los hago vivir en el espectáculo. Desde un atril de música que es el Rey Duncan, hasta una mano de hierro convertida en Macbeth. Y todo aporta a la historia», explica Argüello. El público asiste a esa alquimia fascinante donde los objetos dejan de ser utilería y se transforman en espectros.

Lo monstruoso adquiere más verdad cuando nos sirve de espejo
Pero lo más valioso de esta propuesta es su capacidad para desmontar la forma en que consumimos los mitos. Nos hemos acostumbrado a celebrar a los héroes y a demonizar a las villanas sin preguntarnos qué heridas los construyeron. ‘La cordura loca de Lady Macbeth’ nos obliga a escuchar antes de juzgar. «Es necesario humanizar a todos los personajes que abordamos y complejizarlos para que tengan muchas capas de expresión. Esto lo hace muy interesante para el público», reflexiona la actriz. Y es cierto: lo monstruoso adquiere más verdad cuando nos sirve de espejo.
En su clímax, cuando Lady Macbeth susurra —o grita— la frase «Tierra, borra mis pasos», la sala queda suspendida en un silencio mineral. «Es una frase demoledora. Es la toma de conciencia de que tu vida ha sido atroz, llena de sufrimiento, y es el deseo de que nada de eso quede en este mundo», añade Argüello. Ya no hay villana, ni cómplice, ni arpía shakespeariana: solo una mujer exhausta, reclamando silencio.
Al salir del teatro, uno comprende que la locura de Lady Macbeth no era locura, sino lucidez insoportable. Y que tal vez la verdadera tragedia nunca fue el asesinato del rey, sino la incapacidad de una mujer para soportar un dolor que nadie quiso ver. En esa fisura, todas las sombras humanas se reúnen ahí, respirando en lo oscuro. Y quizá por eso, cuando cae el telón, nadie se levanta deprisa.