PlasmaPen suena a nave espacial, pero en realidad es uno de los tratamientos estéticos “de cabina” que más se repiten últimamente en redes y en consultas de medicina estética. Un dispositivo con forma de bolígrafo, una especie de mini rayo que dibuja puntitos sobre la piel y una promesa: tensar, alisar y rejuvenecer sin pasar por quirófano. Ante tanto hype, teníamos que probarlo. Me puse en manos de Miguel Navas, esteticista experto en el procedimiento y responsable de la clínica madrileña Vanity Face en Plaza de España, y esto es lo que me ha pasado.
¿Qué es el PlasmaPen?
A nivel técnico, el PlasmaPen genera un microhaz de plasma —el famoso “cuarto estado de la materia”— que crea un diminuto arco eléctrico entre la punta del equipo y la superficie cutánea. Ese calor concentrado sublima (evapora) de forma controlada las capas más superficiales de la epidermis, dejando los típicos puntitos marrones en patrón sobre la zona tratada. «Es muy seguro. No corta, no sangra y trabaja de manera extremadamente precisa en la epidermis y parte de la dermis papilar», explica el experto.
Detrás de ese salpicado de microcostras hay un objetivo claro: desencadenar un proceso de regeneración que compacte la piel y mejore arrugas finas, flacidez ligera y ciertas cicatrices. «Es una forma controlada y eficaz de aumentar la elasticidad de la piel y eliminar, por ejemplo, las manchas solares o mejorar las cicatrices», apunta Navas.

¿Para quién está indicado el PlasmaPen?
El PlasmaPen se utiliza sobre todo en pieles con flacidez o arrugas finas localizadas. De hecho, surgió para tonificar los párpados algo caídos, la llamada “blefaroplastia no quirúrgica”. «El procedimiento sirve para tonificar, tensar y elevar los párpados superiores y reducir arruguitas finas y deshinchar las bolsas en el párpado inferior. Además, también sirve para eliminar el llamado código de barras», matiza el profesional. También puede ayudar en determinadas cicatrices o estrías superficiales, siempre con una valoración previa para ajustar expectativas.
Otro de los usos más extendidos es para mejorar el tono de la piel y reducir las manchas solares. Ese era, precisamente, nuestro objetivo. El perfil ideal suele ser el de una persona con fotoenvejecimiento leve o moderado, que busca tensar sin cirugía y está dispuesta a pasar por unos días de costras visibles y cuidados estrictos. No es un tratamiento pensado para rejuvenecer toda la cara de golpe, sino para “afinar” zonas concretas.

Cómo preparar la piel antes del tratamiento
Antes de hacerme el tratamiento, Miguel Navas me realizó una valoración completa: analizó la zona, revisó mi fototipo y me preguntó mi historial clínico para prevenir posibles contraindicaciones. Además me explicó con calma cómo sería el proceso de curación y de qué forma debía preparar la piel los días anteriores. «Podemos preparar la piel hidratándola en profundidad con alguna crema como Cicaplast de La Roche Posay», recomienda.
El día del tratamiento, la piel se limpia en profundidad para eliminar maquillaje, grasa y restos de productos, se desinfecta la zona y se aplica una crema anestésica tópica que se deja actuar entre 20 y 30 minutos. Después se retira la anestesia, se vuelve a desinfectar y, solo entonces, entra en juego el PlasmaPen. «Esta preparación es clave para minimizar molestias y reducir el riesgo de infección o reacciones indeseadas», explica el experto.

Qué se hace y qué se siente
El PlasmaPen trabaja sin tocar directamente la piel: genera un arco de plasma que sublima el exceso de tejido en puntos muy precisos, sin cortes ni sangrado. El profesional va “dibujando” una serie de puntitos estratégicos sobre la zona a tratar, siguiendo un patrón que permite tensar la piel como si se tratara de un microlifting. Es un gesto repetitivo y muy milimétrico, que exige buena técnica y pulso.
¿Y duele mucho? No es algo insoportable, pero sí, es bastante molesto. La sensación que sentí era como una abrasión rápida y pequeños calambres y pinchazos. «Las molestias son más intensas en zonas delicadas como los párpados, aunque la anestesia tópica reduce bastante la incomodidad. Muchos pacientes describen un picor o quemazón breve en cada disparo y un ligero olor a “quemadito” propio de la carbonización superficial de la epidermis», aclara Navas.

Cuidados imprescindibles
Tras la sesión, la zona queda cubierta de diminutas microcostras marrones: no son “suciedad”, son parte del proceso de curación. Y sí, no es nada estético. Fue de las cosas más incómodas del tratamiento. Mi consejo: pídete unos días libres, aprovecha un puente o unos días festivos y quédate en casa. «Las costras suelen desprenderse solas entre el quinto y el sexto día después del tratamiento. Luego la piel queda algo rosada y comienza a mejorar con el paso de los días. A las 4 semanas ya se nota muchísimo el efecto», explica el experto.
La consigna principal es no tocarlas ni rascarlas; deben desprenderse solas para evitar cicatrices, manchas y retrasos en la recuperación. «Durante el primer y segundo día hay que mantener la zona seca, evitar sudor, vapor y calor intenso, y limpiar el rostro con productos muy suaves como suero fisiológico. Además aplicar cremas como Cicaplast o Aquaphor de Eucerin a toquecitos para evitar rascar y arrancar las costras», pauta el profesional.

Veredicto: cuarentena solar… y sí, merece la pena
Si resumimos la experiencia en una frase sería algo así como: mucho drama pero un buen final. El PlasmaPen duele (no es tortura medieval, pero se nota), no es barato (unos 400 euros de media la sesión) y te obliga a una mini vida de vampiro: los primeros 4–5 días, salir a la calle con luz solar es casi misión imposible si no quieres jugártela con las manchas. Después, fotoprotector 50 sí o sí durante, al menos, un mes… aunque, seamos sinceros, debería quedarse ya a vivir en tu neceser porque es el mejor hábito antiedad que existe. Pero sí, merece mucho la pena el tratamiento. De verdad.
A cambio del susto en la camilla y del encierro luminoso, la piel responde: se nota más tensa, elástica, con las manchas algo diluidas y mejor hidratada visualmente, como si hubieras dormido mejor de lo que en realidad duermes. No es un filtro de Instagram en 3D ni borra de golpe todas las arrugas, pero para zonas concretas y con expectativas realistas, el balance es claro: sacrificas unos días de sol y algo de bolsillo para ganar una versión bastante mejor de tu piel. Y, honestamente, sí, volvería a hacérmelo. Y si tú quieres probarlo, en Vanity Face te darán el mejor trato sin duda alguna.