Llevábamos años escuchando rumores. Viendo intentos tímidos en recintos feriales de extrarradio. Pero Madrid se ha cansado de mirar al sur con envidia contenida y va a montar su propia Feria de Abril. Este 2026 nace Madrilucía, el megaproyecto que pretende convertirse en la segunda feria flamenca más importante de España. Y es que las cifras que maneja la organización son como poco para tenerlas en cuenta.
El Real de la Feria se muda a Villaverde
Si pensabas que esto iba a ser cuatro carpas en el Retiro con palco VIP y barra libre para influencers, cambia el chip. La ubicación elegida es el Espacio Iberdrola Music en Villaverde (donde se celebra el Mad Cool). O lo que es lo mismo, más de 200.000 metros cuadrados que se transformarán en un “pueblo” andaluz.
¿La gran diferencia estructural con Sevilla? Aquí no necesitas conocer al primo del cuñado del dueño de la caseta para que te dejen entrar. Madrilucía nace con vocación declarada de feria pública y democrática. Se acabaron los porteros con lista vetando la entrada, las casetas cerradas a cal y canto donde solo entra quien tiene “enchufe”, y esa sensación incómoda de turista mirando desde fuera cómo otros se lo pasan bien.

¿Qué nos vamos a encontrar exactamente?
La propuesta es una fusión curiosa entre el casticismo madrileño y el duende andaluz. Una especie de mestizaje cultural que hará las delicias de unos y pondrá los pelos de punta a los puristas. Habrá 400 casetas desde las más tradicionales con tablao flamenco en directo, jamón colgado en el techo y pescaíto frito, hasta propuestas más modernas y experimentales. Corren rumores de casetas de marcas de moda, espacios patrocinados por marcas de bebidas premium, y hasta versiones “beach club” de casetas con DJs mezclando sevillanas con electrónica.
Los organizadores prometen un equilibrio entre tradición y modernidad, pero conociendo Madrid, probablemente acabemos con alguna caseta de fusión asiático-andaluza o un stand de gin-tonics artesanales con naranja amarga de Sevilla.
Asimismo, verás coches de caballos paseando por el recinto en el llamado “Paseo de Caballos”, con ejemplares de pura raza española engalanados como manda la tradición. Hasta aquí, todo correcto. Pero también habrá una zona gastronómica ampliada que mezcla la fritura andaluza clásica (tortillitas de camarones, pescaíto frito, papas aliñás) con cocina de vanguardia madrileña, opciones veganas, puestos de comida internacional, y sí, food trucks.

La polémica está servida
Como buen evento madrileño que se precie, Madrilucía no nace sin su dosis generosa de controversia. Y francamente, eso solo aumenta el interés. Los vecinos de Villaverde ya miran de reojo el calendario. Se prevén casi 25 días de feria, abarcando finales de abril y principios de mayo, con música hasta altas horas, tráfico colapsado, y miles de personas entrando y saliendo del barrio cada día.
Los puristas andaluces desde el sur han empezado a utilizar términos como “apropiación cultural”, “Disneyland del rebujito” y “parque temático para turistas”. En Twitter ya circulan memes comparando esto con abrir un Oktoberfest en Múnich gestionado por holandeses. Los madrileños más castizos también tienen sus dudas: “¿Por qué copiar tradiciones ajenas cuando tenemos San Isidro?”
Pero seamos brutalmente honestos: a la mayoría de los madrileños nos da exactamente igual de dónde venga la fiesta. Nos gusta celebrar, nos gusta ponernos un traje de flamenca (aunque sea alquilado en una tienda de disfraces de Malasaña), nos gusta el rebujito, y nos encanta que, por primera vez, la Feria de Abril nos pille a un taxi de distancia de casa en lugar de a 400 kilómetros y 200 euros de AVE.

¿Funcionará o será un fiasco monumental?
Esa es la pregunta del millón. Madrid tiene un historial mixto con este tipo de eventos. Algunos funcionan espectacularmente (Mad Cool, festivales gastronómicos). Otros se quedan en intentos olvidables que duran una edición.
¿Estamos ante el nacimiento de una nueva tradición madrileña que dentro de 20 años será parte del calendario cultural de la ciudad? ¿O será un experimento de un par de ediciones que acabará muriendo por falta de autenticidad? Imposible saberlo aún. Pero hay algo seguro: el intento es ambicioso, la inversión es considerable, y la expectación es real.
Madrid tiene una capacidad especial para apropiarse de cosas ajenas y hacerlas suyas con descaro total. Lo hicimos con el gin-tonic británico, con los domingos de vermú que copiamos de Barcelona, con el brunch estadounidense. ¿Por qué no íbamos a hacer lo mismo con la feria andaluza? Solo hay una forma de saberlo con certeza: bajarse al sur… de la M-30. Ponerse unas botas camperas, pedirse un rebujito y dejarse llevar.