No es un thriller de true crime ni una historia bélica grandilocuente. Es algo bastante más doméstico —y por eso mismo, más incómodo—: un hombre que vuelve de los campos soviéticos, una mujer que lo ha llorado durante doce años y una casa en la Barcelona de los 50 donde ya no cabe la fantasía del final feliz. Pero, sobre todo, la gran pregunta: ¿Es posible volver a ser quienes algún día fuimos?
En ‘El desconocido‘, el Teatro Español rescata a Carmen Kurtz, autora Premio Planeta deliberadamente empujada a los márgenes del canon, y pone su novela en manos de Laura Garmo y Yolanda Pallín para convertirla en un retrato afilado de la posguerra: la familia como escenario político, el matrimonio como trinchera y la cama conyugal como lugar donde se negocia quién tiene derecho a ser quien es. Lo que ves en la Sala Margarita Xirgu no es un drama de época al uso. Es el momento exacto en que la épica del héroe de guerra se cae al suelo y empieza la verdad más pura.

Lo que se despliega en escena es el choque brutal entre expectativas y realidad
El punto de partida es conocido: en 1954, el buque Semíramis trae de vuelta a Barcelona a un grupo de soldados de la División Azul que han sobrevivido a años de cautiverio en la Unión Soviética. Entre ellos, Antonio, al que todos daban por muerto. Doce años después, cruza de nuevo la puerta de casa. Allí le espera Dominica, la esposa que lo lloró, lo idealizó y finalmente aprendió a vivir sin él.
El argumento podría ser melodramático, pero el montaje huye del folletín. Lo que se despliega en escena es el choque brutal entre expectativas y realidad: el héroe no llega como héroe, llega como un hombre roto, encerrado en sí mismo; la esposa no es la viuda eterna, es una mujer que ha descubierto que existe más allá del sacrificio.
Recuperar a una autora borrada
Que el Teatro Español programe ‘El desconocido’ no es un simple gesto nostálgico. Es una operación de rescate. Carmen Kurtz, que con esta novela ganó el Premio Planeta en 1956, fue una de las narradoras más interesantes de la posguerra y, sin embargo, su obra adulta quedó silenciada durante décadas, eclipsada por otras firmas y por sus propios libros infantiles.

La escenografía de Blanca Añón opta por la casi desnudez
La dirección artística del teatro se agarra de forma purista al texto pero lo transforma en algo muy contemporáneo: leer el franquismo desde la cocina, desde el comedor, desde el dormitorio. No desde los grandes discursos, sino desde el cuerpo cansado de una mujer que ya no sabe si quiere seguir siendo la esposa del mártir. Y es que la guerra ya no interesa tanto como relato épico; interesa como herida que se cuela en lo íntimo.
La escenografía de Blanca Añón opta por la casi desnudez: un espacio que sugiere un salón, una casa burguesa, y esa casa de comidas y barrio de posguerra pero que se abre al símbolo con ese mar proyectado o imaginado al fondo. Desde ahí, la función comienza y termina: el mar como promesa de fuga, como amenaza, como espejo del desasosiego de Dominica.
No se vuelve nunca del todo
El gran acierto del montaje es poner a Dominica en el centro absoluto del relato. La función arranca con su voz frente a un mar imaginario y termina también con ella, cerrando un arco que no es solo sentimental, sino político: el tránsito de la esposa sometida a la mujer que, al menos internamente, decide no borrarse del mapa. Ángela Boix compone un personaje que vive tanto en la palabra como en el cuerpo. Su Dominica no es víctima pasiva. Es alguien atrapada en una estructura que la anula —la moral nacional-católica, la familia franquista, la idea de la buena esposa—, pero que se permite, al menos por momentos, amar fuera del matrimonio, desear, rebelarse con pequeños gestos.

La obra insiste en que el tiempo y la experiencia nos transforman de forma irreversible
El regreso de Antonio encarna la imposibilidad de regresar al “antes”: ni él ni Dominica son quienes eran. La obra insiste en que el tiempo y la experiencia nos transforman de forma irreversible. Por eso, aunque se sitúa en los años cincuenta, el texto dialoga con una experiencia muy actual: la de quienes vuelven de una depresión, de una migración, de una crisis personal y descubren que la pareja, la familia o los amigos quieren recuperar al de antes y ese de antes ya no existe.
Cuando Antonio vuelve, el problema no es solo el trauma bélico: es la imposibilidad de encajar en un modelo de masculinidad que le exige ser proveedor, abogado brillante, esposo ejemplar y héroe nacional… mientras él se siente hueco, sostenido apenas por el cariño del amigo que le salvó la vida. La puesta en escena insinúa la dimensión afectiva y quizá erótica de ese vínculo con Germán, interpretado con limpieza y ternura por Víctor Antona.

La función muestra cómo la España franquista se metía en la cama con las parejas
Sin discursos ideológicos explícitos, la función muestra cómo la España franquista se metía en la cama con las parejas: la mujer sometida, el hombre proveedor, la familia de fachada impecable. Todo es política sin decir “política”. El hogar se convierte en una prisión exigente que exige cumplir el papel que a cada rol se ha asignado. En este sentido, el vestuario, la luz y la música refuerzan esta atmósfera gris, casi asfixiante, donde cualquier gesto cálido destaca como un fogonazo.
‘El desconocido’ funciona como un recordatorio bastante crudo de algo que preferimos no mirar de frente: las relaciones no sobreviven indemnes al paso del tiempo ni a los golpes de la historia y pedirle a alguien que “vuelva a ser el de antes” es una exigencia tan imposible como injusta. Porque la vida pasa y las vivencias marcan y, al final, hasta nosotros mismos podemos acabar siendo unos desconocidos frente a quienes fuimos.