Seamos sinceros: las exposiciones inmersivas se han convertido en el nuevo brunch cultural. Están en todas partes, prometen experiencias “únicas” y cuestan lo suficiente como para querer exprimir hasta el último pixel. Pero cuando el Madrid Artes Digitales (MAD) anuncia que, después de reunir a más de tres millones de visitantes con ‘Tutankamón’, su siguiente apuesta es ‘Cleopatra‘, hay motivos para levantar la ceja. No es otra exposición sobre Egipto: es el intento más ambicioso de convertir la historia en una experiencia sensorial total.
El recorrido arranca de la forma más clásica posible: vitrinas, réplicas de joyas, mapas y paneles explicativos que satisfacen al visitante purista. Una introducción amable, casi un guiño a los museos de toda la vida, antes de sumergirse —literalmente— en el universo de Cleopatra VII.

Esta Cleopatra no seduce: dirige
Pero pronto el espacio se transforma. Las paredes desaparecen y uno se ve rodeado por las proyecciones 360º que han hecho del MAD su marca de fábrica. De pronto estás en Alejandría, año 30 a.C., mientras las naves de Marco Antonio arden en la bahía y el rugido del mar se mezcla con los gritos de la batalla de Accio. Cleopatra huye. Roma gana. Y tú, en medio del caos, comprendes el vértigo del fin de un imperio.
Aquí, la historia se libera del cliché. Nada de la femme fatale con delineador dorado que Hollywood nos vendió ni de la víctima trágica que algunos documentales resucitan. Esta Cleopatra no seduce: dirige. Habla nueve idiomas, gobierna, negocia con Roma de igual a igual, entiende que el poder también se mide en símbolos. Su relación con Julio César se presenta como lo que fue: una alianza geopolítica. La de Marco Antonio, una apuesta arriesgada. Su muerte, el último gesto de control de una mujer que decidió su propio final.
Cleopatra te habla de tú a tú
La experiencia continúa con las gafas de realidad virtual, donde los visitantes se convierten en exploradores del Egipto helenístico. Se puede caminar por las catacumbas ptolemaicas, visitar el oasis de Siwa o asomarse a las terrazas de su palacio en Alejandría. Es una Wikipedia en 3D, con rigor académico y ritmo de videojuego.

El MAD introduce hologramas por primera vez
Y por primera vez, el MAD introduce hologramas. Cleopatra aparece ante el público en distintas etapas de su vida: la niña curiosa, la reina coronada, la estratega, la madre, la amante, la leyenda. Es un truco, sí, pero funciona. Hay algo perturbador en escucharla hablarte directamente, en ver cómo el mito se materializa por unos segundos y te devuelve la mirada.
No todo es perfecto: los hologramas, pese a su espectacularidad, tienen ese aire de atracción futurista que recuerda a las ferias de ciencia ficción de los noventa. Pero el conjunto es tan coherente que se le perdona. Porque lo que importa aquí no es la tecnología, sino la manera en que logra despertar algo muy humano: curiosidad.

Consigue ese equilibrio entre museo y parque temático
A la salida, los niños discuten sobre política egipcia. Las parejas debaten si Cleopatra fue feminista o simplemente pragmática. Nadie sale indiferente. ‘Cleopatra, la exposición inmersiva’ no revoluciona el formato, pero lo ejecuta con una elegancia que pocos alcanzan. Consigue ese equilibrio improbable entre museo y parque temático, entre rigor y espectáculo, que define el ocio cultural del siglo XXI.
Y mientras caminas hacia la puerta, todavía con el eco de su voz en la cabeza, entiendes que el MAD no solo ha traído a Cleopatra de vuelta, sino que la ha devuelto al lugar que le corresponde: el de una mujer que usó todos los medios de su tiempo para escribir su propia historia. Ahora, también en el nuestro.