Durante años, desaparecer sin explicar el motivo era una falta de respeto evidente. Hoy, en ciertos círculos terapéuticos y en no pocas cuentas de bienestar emocional, empieza a presentarse como un acto de autocuidado, casi como una forma de higiene mental. Así, lo que antes se consideraba una irresponsabilidad afectiva, ahora se filtra por discursos de salud emocional que dividen tanto a psicólogos como a usuarios. ¿Estamos ante una evolución en la forma de poner límites o simplemente ante una coartada emocionalmente pulida para evitar conversaciones incómodas?
Lo cierto es que las investigaciones científicas describen un panorama mucho más complejo. En un estudio clásico de 2003, cuando los participantes eran excluidos en un simple juego digital, la región del cerebro asociada al dolor físico —la corteza cingulada anterior— se activaba del mismo modo que ante una agresión corporal. Esa reacción neurológica explica por qué el ghosting no se vive como un simple silencio, sino como un rechazo que el cerebro interpreta como una herida física real. Otros trabajos recientes confirman este impacto: las personas ghosteadas reportan menor satisfacción vital, mayor sensación de soledad y una profunda amenaza a necesidades psicológicas básicas como pertenencia o seguridad emocional.

Eludir conversaciones difíciles puede deteriorar habilidades interpersonales
Sin embargo, el daño emocional no es exclusivo de quien lo sufre. Un estudio con universitarios evidenció que quienes recurren a esta práctica tampoco salen indemnes. Eludir conversaciones difíciles de forma sistemática puede deteriorar habilidades interpersonales esenciales, como la negociación emocional o la capacidad de crear vínculos profundos. En el largo plazo, los ghosters recurrentes presentan más dificultades para sostener relaciones significativas. Y cuando la desaparición ocurre en el contexto de amistades —no solo en citas o relaciones superficiales—, algunos datos muestran que puede predecir aumentos en síntomas depresivos. La idea de que el ghosting es sencillo, indoloro o práctico empieza así a tambalearse.
¿El ghosting es una forma de violencia?
Hay un matiz más inquietante. Un estudio de 2021, realizado con más de 300 adultos, encontró que quienes habían recurrido al ghosting puntuaban más alto en rasgos de maquiavelismo y psicopatía que quienes nunca lo habían hecho. No significa que desaparecer esté reservado a personalidades tóxicas, pero sí revela una tendencia: las personas con rasgos de la triada oscura perciben esta práctica como más aceptable, especialmente en relaciones casuales. La correlación era particularmente intensa en hombres con rasgos narcisistas, algo que abre la puerta a preguntas incómodas sobre el tipo de personalidad que normaliza cortar vínculos sin responsabilizarse emocionalmente.

Desaparecer sin explicación es ejercer una forma de violencia silenciosa
La comunidad terapéutica también está lejos de un consenso. Autoras como Nedra Tawwab advierten que desaparecer sin explicación no es poner límites, sino ejercer una forma de violencia silenciosa. Recordar que comunicar es parte del autocuidado emocional es necesario para no justificar lo injustificable. Otros profesionales, sin embargo, señalan que hay situaciones donde apartarse sin dar explicaciones protege la seguridad y la salud mental: relaciones con manipulación, invasión constante de límites, amenazas o circunstancias en las que cualquier respuesta expone al otro a más daño. Ahí, la desaparición es un mecanismo de defensa legítimo.
Un hallazgo reciente añade más complejidad. En un experimento, los investigadores ofrecieron a quienes habían «ghosteado» la posibilidad de enviar un mensaje explicativo a la persona afectada a cambio de pagar una pequeña cantidad de dinero. Sorprendentemente, muchos aceptaron pagar para ofrecer ese cierre emocional. Y, sin embargo, los «ghosteados» subestimaron de forma abrumadora esa disposición del otro a reparar el daño. La brecha entre lo que imaginamos que siente el otro y lo que realmente siente es más grande de lo que creemos.
Dos visiones, misma relación
En realidad, el mayor conflicto parece surgir cuando ambas partes interpretan la relación de forma distinta. Para quien vive el vínculo como algo superficial, desaparecer puede parecer razonable; para quien lo percibe como significativo, es devastador. Cada uno escribe una historia distinta, y el ghosting, a menudo, aparece como la disonancia final entre esos dos relatos.

El ghosting duele porque activa mecanismos neurobiológicos de exclusión
Lo indiscutible es que la ciencia avala un hecho: el ghosting duele porque activa mecanismos neurobiológicos de exclusión, y el uso repetido de esta práctica se relaciona con dificultades emocionales importantes. Sin embargo, también es cierto que no todas las desapariciones son un acto de egoísmo. A veces son protección. La pregunta clave no es si el ghosting es bueno o malo, sino por qué se hace. ¿Estamos huyendo de un vínculo dañino o estamos evitando ser adultos emocionalmente responsables?
En última instancia, la neurociencia puede medir el dolor, pero no justificarlo. Y aunque las nuevas narrativas del autocuidado intenten suavizar la desaparición emocional, conviene recordar que poner límites no exige explicar todo, pero sí reconocer que estamos dejando una huella en alguien. La honestidad —aunque mínima— sigue siendo más saludable que cualquier moda terapéutica que convierta el silencio en virtud.