Madrid cae de noche con una elegancia sucia, como un abrigo heredado que aún conserva perfume y mugre. Y entonces aparece Max Estrella: ciego, lúcido, derrotado y altivo, caminando a tientas por una ciudad que lo usa y lo desprecia, pero que también lo necesita para reconocerse. ‘Luces de bohemia’ no es solo una obra: es un recorrido moral por un país que se deforma para no mirarse de frente. Que el Teatro Español la acoja —su casa natural— no es un gesto de repertorio, sino una advertencia: el esperpento no pertenece al pasado, pertenece a la calle.
El montaje actual entiende que el gran mérito de Valle-Inclán no fue exagerar la realidad, sino retratarla con una precisión que duele. La puesta en escena convierte ese itinerario nocturno en un carrusel donde las capas sociales se rozan sin tocarse: bohemios y burócratas, mendigos y ministros, periodistas y policías, todos orbitando alrededor del mismo vacío. Hay ritmo, hay pulso teatral, y sobre todo hay una claridad inteligente: la obra avanza como un trago fuerte, con carcajada al principio y amargor al final.

La obra deja claro que la lucidez no salva y la picaresca sobrevive
En el corazón de la función late la relación entre Max y Don Latino, ese dúo trágico y grotesco que condensa la gran paradoja española: la lucidez que no salva y la picaresca que sobrevive. La interpretación —cuando está afinada— logra ese equilibrio dificilísimo entre lo cómico y lo desolador: el público ríe, pero no se siente inocente al hacerlo. Porque reímos de lo que reconocemos. Y esa es la trampa perfecta del esperpento.
El espacio escénico y el movimiento de cuadros sostienen bien el carácter episódico del texto, evitando que se convierta en una sucesión de estampas desconectadas. La ciudad se siente como un organismo hostil: taberna, calle, redacción, calabozo, ministerio… un mapa moral donde cada parada tiene su propia temperatura. A ratos el montaje incluso parece recordarnos que esta obra no pide belleza convencional: pide verdad, y la verdad aquí tiene dientes.
¿Por qué ‘Luces de bohemia’ sigue siendo urgente?
Valle-Inclán inventa el esperpento como un lenguaje para decir lo indecible: que un país puede acostumbrarse a la injusticia hasta convertirla en costumbre estética. Los espejos cóncavos no deforman por capricho, deforman para revelar. En ‘Luces de bohemia’ la miseria no es decorado; es sistema. La cultura no es refugio; es mercancía. Y el poder no es autoridad; es un teatro más, grotesco y eficaz, donde las palabras “patria”, “orden” o “honor” funcionan como utilería.
Por eso la obra sigue siendo contemporánea: porque su centro no es la bohemia romántica, sino la dignidad triturada. Max Estrella no es un mártir heroico, sino un hombre al que el mundo le niega el lugar que merece. Y ahí está la filosofía más incómoda de Valle: la inteligencia no garantiza justicia, la lucidez no protege, la belleza no alimenta.

El esperpento nos hace vernos a nosotros mismos
La función, además, recuerda una idea esencial: el humor no alivia, señala. En la obra la risa no es descanso, es prueba. ¿De qué nos reímos? ¿Qué toleramos? ¿Qué aceptamos como “normal”? El esperpento nos convierte en espectadores de nosotros mismos, y ahí está su potencia ética: nos hace cómplices durante un segundo para que, al siguiente, sintamos vergüenza.
Max Estrella sale del escenario, pero la ciudad —su ciudad— sigue ahí, esperando a que alguien tenga el valor de mirarla sin maquillaje.