Madrid se viste de gala a medida que se acerca la primavera. Si bien las todavía recurrentes noches de frio nos hacen dudar, las flores blancas que emergen en las ramas desnudas de los almendros madrileños anuncian con certeza el adiós al crudo invierno. La floración en general, y la del almendro en particular, es un recordatorio sincero, quizá irónico, de que la vida siempre encuentra la manera de renacer, incluso en medio de Madrid.
En tan solo unos días, la ciudad se transformará en un lienzo efímero de luz y fragancia, que si queréis disfrutar tendréis que daros prisa, ya que dura apenas tres semanas. Al fin y al cabo, en esta ciudad, y en la vida en general, lo efímero a menudo es lo que mas memorable.
La Quinta de los Molinos
En San Blas-Canillejas, se extiende La Quinta, un parque histórico de 25 hectáreas que alberga 1.893 almendros. Este enclave, con raíces que se remontan a principios del siglo XX cuando el conde de Torre Arias lo legó al arquitecto César Cort Botí, se transforma en una alfombra de flores blancas y rosadas. Pasear por sus senderos es, sin duda, una de las mejores excusas para dejar atrás la rutina y entregarse a la contemplación.
El Retiro y el Huerto del Francés
Sin salirse del bullicio y el estrés de la capital, el Retiro se convierte en un refugio a finales del invierno. Entre sus 118 hectáreas, el Huerto del Francés, un pequeño rincón repleto de más de 300 almendros, ofrece una vista íntima y encantadora. Sus callejuelas, impregnadas de historia y poesía, invitan a perderse en un remanso de tranquilidad en pleno centro.
Casa de Campo y su senda botánica
Si lo tuyo es una ruta más extensa, la Senda Botánica de Casa de Campo es la elección perfecta. Con sus 4 kilómetros que recorren desde el lago hasta el Puente de la Culebra, siguiendo el arroyo Meaques, este trayecto culmina cerca de la Puerta del Zarzón, donde los almendros se alzan como centinelas de la primavera.
Real Jardín Botánico y Madrid Río
En el corazón de la ciudad, el Real Jardín Botánico se erige como un museo viviente que convive con más de 5.000 especies vegetales, entre ellas, los almendros que florecen discretamente detrás del ala sur del Pabellón Villanueva. Y si buscas historia y vistas panorámicas, la Huerta de la Partida en Madrid Río, junto al puente del Rey, te regala un escenario inigualable: almendros, Palacio de los Vargas y la silueta del Palacio Real, la Plaza de España y la Catedral de la Almudena componen este cuadro urbano.
La ruta en la dehesa de Leganés
Más allá de la capital, en las afueras de Leganés, una pequeña dehesa en el Parque Lineal de Butarque se convierte en otra cita obligada. Aquí, los almendros autóctonos se adelantan a la primavera, regalando a los paseantes un adelanto de lo que está por venir. Es un espectáculo breve, que marca el fin del invierno y da la bienvenida a la primavera.
Si queréis aprovechar y combinar esta experiencia con una escapada fuera de Madrid, os traemos dos rutas bucólicas en Valladolid y Toledo.
Senda de los Almendros en las Riberas de Castronuño
La vallisoletana Senda de los Almendros en las Riberas de Castronuño, un paseo de 3,5 kilómetros a orillas del Duero, es ideal para familias y accesible para personas con movilidad reducida. Si acudes a este recorrido de Valladolid, comienzas y terminas en el mirador de La Muela, transitando por caminos flanqueados por sauces, olmos y, en su tramo final, imponentes almendros centenarios que parecen contar historias de tiempos remotos.
Toledo y sus imponentes almendros
La carretera de Madrid a Toledo siempre ha sido sinónimo de encanto. En Toledo, el fértil valle del Tajo –a unos 500 metros sobre el nivel del mar– crea el ambiente perfecto para que el almendro despliegue su belleza. Este humilde árbol, introducido en la Península desde tiempos romanos y perfeccionado durante la dominación islámica, es el alma de una ciudad que ha hecho del mazapán su bandera gastronómica. Los almendros de Toledo no solo presagian la llegada de la primavera, sino que también narran una historia de resistencia y tradición.