La luz del Teatro Español se enciende para revelar un escenario que parece dividirse en dos mundos: por un lado, el del teatro victoriano, con actores que preparan un experimento sobre la veracidad de la representación; por otro lado, las calles lluviosas de Whitechapel, donde mujeres caen sin remedio bajo la figura de un asesino cuya identidad es tan difusa como el mito que le rodea. En ‘Jack el Destripador — (Afectuosamente suyo)‘, el autor Ignacio García May plantea una reflexión inquietante: ¿y si lo que creemos que es ficción ya se ha escapado a la realidad?
El eje de la obra es doble: un joven médico-actor desea convencer al gran Henry Irving de que el teatro debe abrazar el naturalismo, ser “tan auténtico que sea indistinguible de la realidad”. Mientras tanto, en las sombras de este experimento estético, los crímenes de “Jack” se suceden. ¿Es el monstruo una creación del experimento o un eco de aquello que el teatro ha desatado? Esa ambigüedad cruza la puesta en escena y obliga al espectador a desplazarse del asiento al borde del abismo.

La obra es un frenesí breve y muy efectivo de apenas 45 minutos de duración
La dirección de Javier Sahuquillo provoca que cada gesto, cada luz y cada manipulación de títere sea una parte activa del entramado. La escenografía de Luis Crespo y el sonido de David Kelly construyen una atmósfera opresiva que ahoga la ilusión del teatro como espacio seguro. El vestuario de María Poquet y las luces de Pablo Fernández contribuyen a que la elegancia del salón victoriano se contamine con la mugre del crimen urbano.
La obra es un frenesí breve y muy efectivo de apenas 45 minutos de duración. La rapidez con la que se encadena la investigación, el ensayo teatral, la violencia y la reflexión sobre el espectáculo deja al final una pregunta latente: ¿Quién es el verdadero autor del horror: el asesino o quienes lo contemplan como arte o se acercan a conocerlo con morbo?
La atracción por el mal
En el trasfondo filosófico se esconde una declaración de guerra contra la complacencia escénica. La obra sugiere que tanto el teatro como la violencia pueden alimentarse del voyeurismo, que el público no es un testigo inocente sino un cómplice silencioso. En un momento en que la veracidad parece moneda de cambio, Jack el Destripador se convierte en metáfora de la ficción que devora la realidad.

Vivimos en una época fascinada por la violencia, aunque fingimos observarla desde una distancia moral
Para el espectador madrileño supone una oportunidad de ver cómo un clásico criminal se revisita sin buscar “solución policial”, sino para abrir una grieta en lo que entendemos por escenario, verdad y autoría. Salir del Teatro Español significa llevar consigo un eco persistente: el del cuchillo que entra sin nombre, el de los focos que iluminan la transgresión, el de la obra que no se olvida al apagar la luz.
Vivimos en una época fascinada por la violencia, aunque fingimos observarla desde una distancia moral. El auge de los true crime, los documentales de asesinos en serie y los pódcast sobre desapariciones revelan que el horror nos seduce tanto como nos repugna. Hay en ese interés una mezcla de morbo y búsqueda de sentido: el deseo de entender qué falla en el ser humano, pero también la necesidad de sentir el peligro desde la seguridad del sofá. ‘Jack el Destripador’ explota precisamente esa tensión: nos coloca frente al espejo de nuestra curiosidad malsana y nos recuerda que el crimen, cuando se convierte en espectáculo, deja de ser un suceso para transformarse en mito. Y quizá ese sea el mayor gesto de violencia contemporánea: disfrutar de la destrucción mientras la convertimos en relato.

El teatro aquí nos empuja a preguntarnos por qué seguimos mirando