Si hay una ciudad en el mundo que se transforma por eso que llaman «el milagro navideño» esa es, sin duda, Jerez. Las calles del centro se llenan de luces, humo de braseros, olor a pestiños recién fritos y ese murmullo inconfundible de palmas y villancicos con aire de sevillana que brotan de cualquier patio. Más que una ciudad, parece un gran portal de Belén en versión flamenca.
La culpa de toda esta transformación (y de las decenas de miles de turistas que abarrotan las calles) la tienen las zambombas, esa fiesta tan jerezana que han convertido la Navidad en un patrimonio colectivo: del 21 de noviembre al 24 de diciembre, la ciudad encadena decenas de celebraciones en peñas, hermandades, tabancos y plazas, hasta el punto de haber sido reconocidas como Bien de Interés Cultural por la Junta de Andalucía desde 2015.
De los patios de vecinos al fenómeno cultural
Ahora bien, ¿qué es eso de una zambomba? Para entenderlo hay que olvidarse de la idea de “concierto” y pensar más bien en una reunión de vecinos llevada al extremo. El origen de esta fiesta está en los patios de casas de vecinos, donde cada familia bajaba una bandeja con pestiños, roscos de anís, tortas de Navidad y una botella de vino, y se cantaban villancicos alrededor de un brasero, al son de instrumentos tan humildes como la propia zambomba, panderetas, almireces o botellas de anís.

Jerez añadió al villancico su sello: el compás flamenco
Con el tiempo, Jerez le añadió su sello inconfundible: el compás flamenco. Así nacieron los villancicos por bulerías, por rumbas o por tanguillos, letras populares que se han ido transmitiendo de generación en generación y que hoy forman parte de la memoria sentimental de la ciudad.
La fiesta, que tradicionalmente comenzaba en diciembre para respetar noviembre como mes de los difuntos, se ha ido adelantando unos días y en la actualidad arranca en torno al 21 de noviembre y se prolonga hasta Nochebuena. En ese mes largo, Jerez vive prácticamente en estado de verbena permanente: según los calendarios oficiales y guías turísticas, se programan más de un centenar de zambombas entre hermandades, peñas flamencas, bares, plazas y colegios; algunas abiertas y espontáneas, otras más organizadas, con hora, cartel y grupo artístico anunciado. Vamos, que algunas tienen la misma expectación que el concierto de regreso de Amaia Montero.

Los artistas llevan la voz cantante, pero el estribillo es de todos
La gracia es que, aunque muchas ya se celebren en locales de hostelería o espacios grandes, la esencia sigue siendo la misma: aquí no hay una separación nítida entre escenario y público. Los artistas llevan la voz cantante, sí, pero el estribillo es de todos. A los cinco minutos estás palmando a destiempo; al cuarto villancico, ya te crees parte del coro. No es un espectáculo para ver: es un ritual al que se entra y, si te dejas, del que sales con la garganta tocada y un par de amistades nuevas.
Buena juerga y mejor comer
Durante el puente de la Inmaculada la ciudad roza el clímax. Es cuando más se nota ese pequeño terremoto navideño: calles abarrotadas, plazas llenas de grupos cantando alrededor de un fuego, bares a rebosar y más de 100.000 visitantes pasando por Jerez solo en esos días para sumarse a la fiesta. Es el momento perfecto para dejarse caer por allí: con suficiente bullicio para que la ciudad tiemble de cante, pero todavía con hueco para hacerse un sitio a pie de candela.

Las zambombas es el momento ideal para disfrutar de la gastronomía jerezana
El combustible de todo esto es obvio: se canta mejor con algo en el estómago. Sobre las mesas aparecen bandejas de pestiños, roscos de anís, polvorones, alfajores de Medina y algún que otro trozo de chicharrón o buenos bocadillos y hamburguesas bienvenido a cualquier hora. En la copa, vinos de la tierra: fino para los más clásicos, oloroso para quienes quieren algo más redondo, amontillado para los que se vienen arriba y, cómo no, un chorrito de anís o de mistela para templar la voz antes de atacar el estribillo. Jerez no concibe la Navidad sin ese triángulo perfecto: fuego, cante y vino.
Si algo tiene crédito en Jerez, más allá de las zambombas y los villancicos al compás de bulerías, es su gastronomía de raíces; una oportunidad ideal para detenerse y probar platos que hablan de la tierra, la viña y el fuego lento. No te puedes ir sin hincar el diente al rabo de toro guisado, a la contundente berza jerezana o al sorprendente ajo caliente, sopa campera que lo mismo arranca el frío que aviva el ánimo. Y para rematar la ruta, apunta dos direcciones que merecen parada: Restaurante Albalá, donde la cocina se mueve entre tradición y un pulso contemporáneo en plena Calle Larga, y Tabanco El Pasaje, el más auténtico de los tabancos jerezanos.
Vamos, que tienes buen ambiente, cachondeo, buena comida y buen beber, y además disfrutas de la cultura jerezana en su forma más pura y compartida. Pocas ciudades permiten vivir la Navidad con tanta verdad: sin artificio, sin poses, sin filtros. Jerez en diciembre es un abrazo colectivo donde el vino calienta, el cante desarma y la alegría se contagia sin pedir permiso. Y por eso todo el mundo quiere siempre volver.