Hay cuadros que, sin gritar, te cambian el pulso. Los de Anna Weyant parecen quietos —una mesa, unas flores, una chica que sonríe— hasta que algo chirría: una luz que corta, una pose congelada, una flor demasiado perfecta como para ser inocente. Ese desajuste es su marca y su imán. El Museo Thyssen-Bornemisza reúne en Madrid una veintena de pinturas recientes que respiran barroco y siglo XX, y a la vez hablan en jerga pop: una elegancia clásica con zancadilla. Del 15 de julio al 12 de octubre, en la planta -1, el museo nos anima a mirar dos veces.
El comisario Guillermo Solana presenta la muestra como un diálogo vivo con la propia colección del museo: el claroscuro y la precisión flamenca que laten en Weyant conversan con telas históricas del Thyssen, tendiendo puentes entre el Barroco y la modernidad temprana. El resultado es una visita corta pero cargada de lecturas, donde los gestos mínimos —un brillo en el metal, una esquina de mantel— sostienen toda la tensión del relato. Weyant fija lo inquietante bajo apariencia de orden: cuadros que se dejan entender… hasta que no.
La ambigüedad en Weyant no es truco, es método
En sala, los títulos guiñan un ojo a la cultura popular —It’s a Heartache, That’s All Folks— mientras el acabado remite a otra época. Hay chicas y bodegones que se niegan a ser solo eso: la risa congelada, el ramo perfecto, la casa que es casi sombra china. La ambigüedad no es truco, es método: Weyant coloca una pieza torcida en cada escena para que la belleza no cierre del todo; se queda una rendija por la que entra la duda.
La pintora celebrity
Su biografía alimenta el mito del ascenso meteórico: en 2019 vendía dibujos sobre una toalla en una playa de los Hamptons por 400 dólares; tres años después, una de sus obras alcanzaba 1,6 millones de dólares en subasta y ella se convertía en la artista más joven fichada por Gagosian. En 2024 pintó a Kaia Gerber para la portada de Vogue y su nombre dejó de ser jerga del circuito para ocupar titulares mainstream. Toda esta velocidad no enturbia la pintura: la obra sostiene el ruido del mercado con oficio, humor negro y una iconografía que evita la complacencia.
Sus pinturas introducen humor negro y una incomodidad contemporánea
Formada en RISD y con un periodo de estudio en la China Academy of Art, Weyant trabaja un realismo con ecos del Siglo de Oro neerlandés: fondos oscuros, luz recortada, superficies pulidas… y, siempre, una grieta que descoloca. Sus chicas, flores y bodegones parecen obedientes hasta que algo introduce humor negro y una incomodidad contemporánea.
La exposición deja claro que lo íntimo también puede ser teatral y lo clásico, contemporáneo sin pedir permiso. Saldrás a la luz de Paseo del Prado viendo en los escaparates reflejos de latón y flores sospechosamente perfectas. Esa es su victoria: que el mundo, por un rato, parezca un bodegón a punto de moverse.