Hay obras que no se escuchan, se sienten. ‘La Música’, de Marguerite Duras, es una de ellas. En el escenario del Teatro Infanta Isabel, dos figuras —Ana Duato y Darío Grandinetti— se sumergen en una noche de confesiones y silencios, de palabras que arañan y caricias que ya no consuelan. Bajo la dirección de Magüi Mira, esta pieza se convierte en un viaje emocional que explora las ruinas del amor y la imposibilidad de olvidar.
Marguerite Duras escribió ‘La Música’ en 1965, una obra que, como gran parte de su producción, transita entre la narrativa y el teatro, entre la palabra y el silencio. La trama es sencilla: Él y Ella, una pareja que se reencuentra en un hotel para firmar su divorcio, reviven en una noche los ecos de su relación. Pero bajo esta simplicidad aparente, Duras teje una compleja red de emociones, donde el amor, el deseo, el dolor y la incomunicación se entrelazan en una danza íntima y desgarradora.
Aquí el silencio es palabra y recuerdo
Magüi Mira, reconocida por su capacidad para abordar textos de gran carga emocional, dirige esta adaptación con una sensibilidad que respeta la esencia durasiana. La escenografía es minimalista, casi austera, permitiendo que la atención se centre en los actores y sus diálogos. La iluminación tenue y los silencios cuidadosamente medidos crean una atmósfera íntima, donde cada gesto y cada palabra adquieren un peso significativo.
El grito de lo que no se dice
Aunque escrita hace más de medio siglo, ‘La Música’ aborda temas que siguen siendo profundamente actuales: la dificultad de comunicarse, la persistencia del deseo, la lucha por entender y ser entendido. En una época donde las relaciones se fragmentan y reconstruyen con rapidez, la obra invita a una reflexión pausada sobre lo que queda cuando el amor se desvanece.
La obra es un réquiem íntimo por algo que fue intenso
En la obra, el silencio no es vacío, es lenguaje. Duras lo entendió mejor que nadie: a veces las palabras no alcanzan, y es en las pausas, en lo no dicho, donde se esconde el verdadero drama. Su resonancia puede escucharse también en obras como ‘Las lágrimas amargas de Petra von Kant’ de Rainer Werner Fassbinder, ahora en Nave 10 en Matadero, donde los vínculos amorosos se transforman en pulsiones destructivas. Fassbinder, al igual que Duras, expone las relaciones afectivas como territorios minados por el deseo, el poder y la dependencia emocional.
La obra termina siendo un réquiem íntimo por algo que fue intenso y ahora apenas resuena en el cuerpo como una melodía lejana. Duras no busca conmover con artificios, sino con verdad desnuda. Y el montaje de Magüi Mira —con la contención de Duato y la herida abierta de Grandinetti— nos sumerge en ese espacio suspendido donde todos, en algún momento, hemos estado. El lugar donde el amor se calla, pero aún no se ha ido. Como una música que persiste, incluso cuando el concierto ha terminado.