Hollywood nos mintió. Todas esas comedias románticas donde el ejecutivo millonario se enamora de la artista bohemia, donde el introvertido conquista a la reina del baile… son eso, pura ficción. La realidad, confirmada por el mayor análisis de parejas jamás realizado, es bastante menos cinematográfica: nos emparejamos con clones sociales de nosotros mismos.
Un estudio publicado en Nature Human Behaviour analizó 480 correlaciones de parejas desde 1903 hasta 2022, junto con datos de más de 79.000 parejas del UK Biobank, con una conclusión demoledora para los románticos: los opuestos no se atraen.

Tendemos a emparejarnos con gente de nuestra edad
El ranking de similitud es revelador. El año de nacimiento presenta una correlación de 0.87 o traducido: tendemos a emparejarnos con gente de nuestra edad. Tiene sentido, tanto evolutivo como práctico: compartir referencias generacionales facilita la comunicación. En cuanto a las visiones políticas, la correlación llega a 0.58. En plena era de polarización, no sorprende. Imaginar una relación en la que cada elección se discuta desde trincheras opuestas es imaginar un divorcio anunciado.
Religión, nivel educativo y hábitos de consumo también muestran correlaciones altas. Los no fumadores evitan a fumadores; los abstemios huyen de los bebedores; los universitarios se casan con universitarios. Incluso la altura tiene su patrón: entre 0.20 y 0.25. Los altos con altos, los bajos con bajos. De ahí que existan familias enteras de jugadores de baloncesto y que los hijos de gimnastas raramente midan dos metros.
El «apareamiento asortativo»: cuando la sociología mata al romance
En personalidad, la extraversión apenas correlaciona (0.08), pero algo hay. Los extrovertidos prefieren a extrovertidos, aunque no es una regla fija. Este fenómeno tiene nombre técnico: apareamiento asortativo. En otras palabras, nos emparejamos dentro de nuestras burbujas sociales. Un meta análisis de 2024 confirma que este patrón es universal y trasciende culturas y épocas. La homogamia social —la similitud derivada del entorno— pesa más que la selección directa por rasgos. No elegimos a alguien por ser como nosotros, elegimos entre los que ya son parecidos y están cerca.

Las personalidades similares reportan mayor satisfacción
Las aplicaciones de citas prometían romper barreras y conectar opuestos. La realidad, según Psychology Today, es otra: en Tinder, la similitud en valores y estilo de vida domina los matches exitosos. El algoritmo aprende tus preferencias y te ofrece más de lo mismo. Crees que estás explorando el buffet del amor, pero en realidad te mueves en un bucle estadístico de clones emocionales.
Ni siquiera las parejas del mismo sexo escapan a este patrón. Los estudios de 2025 muestran comportamientos similares de homogamia, aunque con matices: menos coincidencia de edad en parejas masculinas, pero una fuerte convergencia en valores y comportamientos.
Y esto importa más de lo que parece. Las parejas con personalidades similares reportan mayor satisfacción a largo plazo. Las diferencias pueden ser excitantes al principio, pero la similitud facilita la convivencia diaria. Compartir hobbies, ritmos, visiones sobre el dinero o la familia simplifica el engranaje de la vida cotidiana. Según el Greater Good Science Center, la similitud predice la felicidad relacional mejor que cualquier otro factor.

El apareamiento asortativo amplifica las desigualdades
Sin embargo, hay un lado oscuro. El apareamiento asortativo amplifica las desigualdades. Los universitarios se casan con universitarios, duplicando las ventajas educativas de sus hijos. Los ricos con ricos, consolidando su capital. Los pobres con pobres, perpetuando desventajas. Es un motor silencioso de estratificación social que, generación tras generación, refuerza burbujas cada vez más herméticas.
Antes de deprimirte pensando que tu relación es pura estadística, respira. Estos son promedios, no leyes físicas. Existen parejas de opuestos que funcionan de maravilla, sobre todo cuando las diferencias son superficiales y los valores de fondo coinciden.
“Dime con quién andas y te diré quién eres” no era solo sabiduría popular: era predicción estadística. Nos emparejamos con nuestros semejantes porque es más fácil, más cómodo, más sostenible. ¿Menos romántico? Tal vez. ¿Más realista? Sin duda. La próxima vez que alguien repita que “los opuestos se atraen”, puedes corregirlo. Pero hazlo con delicadeza: nadie quiere oír que su historia de amor es predecible. Al final, parece que el amor no consiste en encontrar tu media naranja, sino otra naranja entera que, casualmente, creció en el mismo huerto.