Dicen que los fantasmas más peligrosos no son los que se esconden bajo las camas, sino los que laten en la memoria. En ‘Querida Agatha Christie’, la dramaturgia de Juan Carlos Rubio da cuerpo a esos fantasmas: infidelidades, pérdida, soledad, culpa. Y los enfrenta con humor, con letras, con palabras compartidas. Porque este encuentro entre Agatha Christie y Benito Pérez Galdós —dos nombres inseparables de la literatura— no es una parodia: es un rescate. Una llamada de auxilio entre dos creadores capaces de mirar al vacío y convertirlo en un relato.
La obra imagina lo que jamás ocurrió: una conversación nocturna entre la reina del suspense y el maestro del realismo español, en una habitación de hotel donde el océano golpea con furia y la vida parece detenerse. Christie, todavía abierta en canal tras su turbulenta desaparición real de 1926 —ese episodio en el que huyó de sí misma y del escándalo sentimental— llega al escenario como un cuerpo frágil que intenta no derrumbarse. Frente a ella, un Galdós ya maduro, ciego, cargado de memoria y sabiduría, dispuesto a escuchar antes que a juzgar.

Rubio habla de duelo, identidad y dignidad humana
Rubio utiliza ese cruce ficticio como un dispositivo teatral para hablar del duelo, la identidad y la dignidad humana. Y lo hace desde la sensibilidad, el humor irónico y un profundo respeto por la fragilidad interior que ambos comparten. Ninguno aparece convertido en monumento literario: aquí son simplemente dos seres humanos intentando sobrevivir a sus ruinas.
Palabra, emoción y un escenario que respira
La puesta en escena —cuidada, bien recreada, íntima, pero sin artificios ni pirotecnia dramática— confía plenamente en el texto y en los intérpretes, que sostienen la función con una precisión extraordinaria. El espacio funciona como un refugio emocional: una habitación nublada por la melancolía, donde el mobiliario parece temblar con cada confesión. La iluminación, que dialoga con el rumor del mar exterior, abre la puerta a un paisaje interior lleno de grietas que se van revelando con lentitud.

La risa es aquí un salvavidas, no una distracción
La dirección equilibra muy bien el tono: cuando el peso emocional amenaza con desbordar, entra el humor inteligente, la ironía fina y esa complicidad repentina que hace que el público respire. La risa es aquí un salvavidas, no una distracción.
‘Querida Agatha Christie’ no es un homenaje nostálgico a dos autores inmortales, sino una reflexión vibrante sobre la necesidad de ser escuchados, incluso por completo desconocidos. La obra habla del poder transformador de la palabra: cómo un diálogo honesto es capaz de rescatar del borde del abismo a quien se creía irremediablemente perdido.
En el fondo, la pieza propone una pregunta íntima y universal: ¿Qué nos sostiene cuando todo se derrumba? En la obra, la respuesta no es el éxito ni la literatura ni la gloria, sino algo mucho más sencillo y difícil: la ternura. Al salir del teatro, uno se queda con la sensación de haber asistido no a una ficción histórica, sino a un encuentro profundamente real: una conversación que podría salvarnos algún día a cualquiera de nosotros. Porque, a veces, la literatura no resuelve los misterios del mundo. Pero puede —y esa es su mayor victoria— ayudarnos a sobrevivirlos.