A veces el teatro no consiste en avanzar, sino en llegar tarde a una conversación decisiva. ‘Tres noches en Ítaca’, el texto de Alberto Conejero dirigido por María Goiricelaya, parte de un entierro y termina pareciéndose a otra cosa: a una exhumación íntima, a una revisión del amor cuando ya no puede repararse y a una pregunta obstinada por aquello que una madre deja en sus hijas incluso después de marcharse. En Nave 10 Matadero, Ítaca deja de ser solo una referencia clásica para convertirse en un territorio moral: el lugar al que una vuelve no para encontrar respuestas, sino para aprender a soportar su ausencia.
La obra imagina el reencuentro de Ariadna, Elena y Penélope, tres hermanas que viajan a la isla griega de Ítaca tras la muerte de su madre, Alicia, una profesora de griego clásico que años atrás abandonó a su familia para empezar otra vida allí. Lo que podría haberse quedado en un argumento reconocible de duelo familiar adquiere, en manos de Conejero, una densidad más literaria y simbólica: la madre ausente se convierte a la vez en enigma, herida y legado.

La pieza propone una mirada más bondadosa hacia quienes nos precedieron
Hay algo muy propio de Conejero en esa voluntad de hacer convivir lo elevado y lo cotidiano. La obra ha sido presentada como una tragicomedia íntima en la que el duelo, la memoria y la posibilidad de renacer se cruzan con un tono que no renuncia ni al temblor emocional ni a ciertos descensos a lo doméstico, incluso a lo torpe o administrativo. Esa mezcla, que en la información oficial se formula como un equilibrio entre “lo doloroso y lo torpe, entre Homero y el papeleo”, define bien la temperatura del montaje: no un drama marmóreo sobre Grecia, sino una pieza sobre hermanas reales, heridas reales y silencios demasiado comunes.
Ítaca como herida contemporánea
Lo más fértil de la obra quizá no esté en la anécdota argumental, sino en lo que hace resonar hoy. Ítaca, aquí, no es tanto el puerto de llegada como el nombre de una crisis: la de quienes deben revisar a sus padres cuando ya no pueden pedirles explicaciones, la de quienes descubren que una madre también fue una mujer con deseos, contradicciones y zonas de fuga. La pieza propone una mirada más bondadosa hacia quienes nos precedieron y nos obliga a reconocerlos como personas completas, no solo como figuras familiares congeladas por el rol.
Pero hay otra lectura, igual de poderosa, que conecta la obra con el presente. En un tiempo dominado por la velocidad, la productividad y la obligación de tener siempre una versión clara de lo que nos ocurre, ‘Tres noches en Ítaca’ se detiene en lo contrario: en el fracaso compartido, en la conversación tardía, en la identidad como algo todavía roto. La obra no ofrece una redención limpia; ofrece algo más creíble: un cuidado imperfecto mientras la herida sigue abierta.

La obra es un homenaje al valor de las Humanidades
También asoma en ella un homenaje poco frecuente y muy hermoso: el de las Humanidades y el de quienes enseñaron a imaginar. Conejero ha vinculado la pieza a la figura de una profesora de griego y, en entrevistas sobre el montaje, tanto él como Goiricelaya la han descrito como una carta de amor a Grecia, a los maestros y al conocimiento que nos forma. Ese sustrato la separa de otros dramas familiares más cerrados sobre sí mismos: aquí la cultura no es decorado, sino una manera de pensar la pérdida y de darle forma compartible.
‘Tres noches en Ítaca’ no parece una obra interesada en la perfección, sino en algo más arriesgado: la emoción pensada. Puede que no siempre encuentre el mismo pulso, como han señalado algunas críticas, pero cuando acierta deja una impresión muy concreta: la de haber asistido a una conversación que no solo concernía a tres hermanas, sino también a todos los que alguna vez hemos tenido que reinterpretar a nuestros muertos para seguir viviendo. En esa mezcla de duelo, literatura, ternura y fisura está su mejor verdad. Y quizá también su Ítaca.