Llegamos a Torrejón con esa mezcla de emoción y nervios con la que se entra en los sitios que prometen demasiado. Pero elrow Town no tardó ni diez minutos en demostrar que lo suyo no va de prometer, sino de arrollar. El 1 de mayo, el Recinto Ferial volvió a convertirse en ese universo paralelo que el festival lleva años perfeccionando: más de 12 horas de música, ocho escenarios, decenas de artistas y una sensación constante de estar dentro de una caricatura lisérgica, perfectamente coreografiada. Más de 35.000 personas pasaron por esta edición madrileña, la única de elrow Town en España este año.
Lo primero que nos atrapó no fue un set, sino la atmósfera. En elrow uno no entra a un festival: entra a una ficción. Hay disfraces imposibles, performers que aparecen donde menos te lo esperas, estructuras gigantescas, personajes delirantes, carteles, colores, humo, voces, criaturas y ráfagas de confeti que convierten cualquier paseo entre escenarios en una escena. Esa es la gran inteligencia de elrow: haber entendido que la electrónica también puede contarse como un espectáculo total, casi teatral, sin perder pegada. Y en Madrid volvió a quedar claro con espacios temáticos como Rowsmic Carnival, Psychowdelic, Pink Cathedral o Jail, entre otros.

El cartel de este año cruzaba más de 15 géneros y más de 50 artistas
Fuimos pasando de un escenario a otro como quien cambia de sueño sin despertarse del todo. En uno sonaba house con esa elegancia que te hace bailar sin darte cuenta; en otro, el cuerpo ya pedía algo más duro, más sucio, más de madrugada aunque todavía fuera de tarde. El cartel de este año cruzaba más de 15 géneros y más de 50 artistas, con nombres como Luciano, Paco Osuna, Joris Voorn, Fatima Hajji, Adrián Mills, Adam Ten b2b Mita Gami o Nic Fanciulli b2b Butch. El resultado no fue solo variedad: fue ritmo. Nunca tuvimos la sensación de que el festival se vaciara o decayera; siempre estaba ocurriendo algo en algún punto del recinto.
A medida que avanzaba la tarde, elrow fue haciendo eso que mejor sabe hacer: empujarnos suavemente hacia una pérdida de la noción del tiempo. Mirábamos el móvil y habían pasado dos horas. Mirábamos alrededor y ya no sabíamos si aquella persona iba disfrazada, actuando o simplemente viviendo su mejor vida. Lo fascinante de este festival es que no exige cinismo; al contrario, lo castiga. Hay que entrar dispuesto a dejarse llevar por su exceso, por su teatralidad, por esa locura organizada que no teme resultar ridícula porque sabe que, en realidad, ahí reside gran parte de su encanto.
También hubo algo muy madrileño en la manera de vivirlo. Aunque elrow es una marca global, esta edición tuvo ese punto de verbena futurista que aquí funciona especialmente bien: festivo, desatado, exhibicionista y, a la vez, bastante transversal. Había clubbers de manual, sí, pero también grupos que habían venido a entregarse al show completo, más allá del purismo electrónico. Y eso explica parte de su éxito: elrow no le habla solo al especialista, sino también al que busca una experiencia grande, exagerada, memorable. Por eso sigue creciendo como uno de los eventos electrónicos más destacados del sur de Europa y ya ha confirmado su regreso a Torrejón en 2027.

Elrow es una mezcla entre una rave, un parque temático y un carnaval psicodélico
Cuando cayó la noche, todo se volvió más elrow todavía. Las luces empezaron a mandar sobre el recinto, el maquillaje ajeno parecía más improbable, el confeti se pegaba a la piel sudada y la música adquirió esa densidad hipnótica que solo aparece cuando llevas muchas horas bailando y ya has dejado de pensar en marcharte. Ahí entendimos del todo el mecanismo del festival: no se trata solo de escuchar sesiones potentes en un entorno vistoso, sino de meterte dentro de una maquinaria del asombro diseñada para que salgas con la sensación de haber vivido algo entre una rave, un parque temático y un carnaval psicodélico.
Nos fuimos tarde, cansados, con las zapatillas convertidas en archivo de polvo y papelillos, y con esa euforia un poco idiota de quien sabe que al día siguiente le dolerá todo pero aun así repetiría. Porque elrow Town tiene algo que muchos festivales persiguen y pocos consiguen: personalidad. No es solo una sucesión de nombres ni una escenografía vistosa al servicio de Instagram. Es una experiencia reconocible, excesiva y muy bien engrasada, un artefacto de fiesta contemporánea que ha encontrado en Madrid —y en concreto en Torrejón— un lugar donde su caos parece no solo posible, sino necesario. Y sí: salimos pensando exactamente eso que uno espera pensar después de una buena locura. Que ojalá el año que viene nos vuelva a pillar dentro.