Apartaco no es un recién llegado. Lo fundaron Leonardo Araujo e Ivanhova Humpierres hace casi una década y, con el tiempo, se ha convertido en una referencia para la comunidad venezolana de Madrid, que no es precisamente un público fácil cuando se trata de juzgar la comida de su tierra. Si los venezolanos vienen aquí a buscar el sabor de casa, por algo será.
El sabor que desarma
Lo primero que hay que decir es lo más importante: la comida está buena. No «buena para ser un bufet», que es ese elogio condescendiente que tanto se usa, sino buena a secas. Lo bastante para sorprender a quien llega con la guardia alta y, desde luego, lo bastante para levantarse a por un segundo plato sin pensarlo demasiado. Hay ahí una cocina casera, de las que se hacen con cariño y sin atajos, que se nota en cada bandeja.
La variedad no es abrumadora, y conviene decirlo sin rodeos. Pero tampoco lo pretende. El objetivo de Apartaco no es ofrecer cien platos para que nadie pruebe ninguno con atención, sino representar con fidelidad la gastronomía venezolana, y eso lo consigue con creces. Están los grandes nombres: las arepas, la carta de presentación de la mesa venezolana que admite casi cualquier relleno; los tequeños, palitos de queso envueltos en masa que desaparecen a una velocidad alarmante; los patacones, crujientes de plátano; las empanadas de masa de maíz… Un recorrido completo por la cocina de un país que en Madrid sigue estando menos representada de lo que merece.

Esa es, de hecho, la gran virtud del formato. Para quien nunca ha probado comida venezolana, el bufet funciona como una clase práctica sin riesgo: puedes servirte un poco de todo, descubrir qué te gusta y volver a por más de lo que te ha conquistado. Nadie te obliga a apostar por un solo plato. Aquí el ensayo y error es parte del encanto.
Un local que suena antes de sonar
Si la comida sorprende, el espacio termina de inclinar la balanza. La decoración de Apartaco eleva la experiencia un punto por encima de lo que uno espera de un bufet, y lo hace con originalidad: los instrumentos musicales que visten el local le dan una personalidad propia, casi festiva, como si en cualquier momento alguien fuera a descolgar un cuatro de la pared y arrancarse con un joropo. Hay elegancia, pero sin solemnidad. Hay cuidado, pero sin perder ese aire informal y desenfadado que respira Malasaña, el barrio que lo rodea.

Ese equilibrio lo convierte en un sitio versátil. Funciona para una comida con amigos que se alarga entre tequeños y conversaciones, y funciona igual de bien para un plan en familia, donde cada uno puede servirse a su gusto sin negociar la carta con nadie. No es poca cosa: encontrar un lugar que contente a la vez al tío exigente y al adolescente con hambre.
Lo que garantiza
Al final, Apartaco cumple dos promesas, y las cumple bien. La primera, acercarte a una cocina que en Madrid todavía no tiene el protagonismo que debería, con la autenticidad de quien la cocina para su propia comunidad. La segunda, más prosaica pero no menos importante: es imposible salir de aquí con hambre. Entre lo uno y lo otro, la experiencia justifica sobradamente lo que cuesta.