Hay restaurantes en los que uno entra sabiendo perfectamente qué va a encontrarse: una mesa, una carta y, con suerte, una buena cena. En Luigi’s las cosas funcionan de otra manera. Desde fuera, el local parece una pequeña trattoria italiana más de las muchas que salpican Madrid. Pero basta cruzar su puerta para que la ciudad quede atrás y empiece el juego. Literalmente. Colores imposibles, escenarios que parecen salidos de una pantalla y constantes guiños a los videojuegos de los años 90 construyen un universo que inevitablemente evoca las aventuras de cierto fontanero italiano que marcó a varias generaciones.

Cada espacio tiene personalidad propia y está lleno de detalles
Situado en plena Glorieta de Bilbao, Luigi’s se despliega en dos plantas, además de contar con terraza, y convierte el propio recorrido por el restaurante en parte de la experiencia. Cada espacio tiene personalidad propia y está lleno de detalles, personajes y pequeñas sorpresas que invitan a mirar alrededor antes incluso de abrir la carta. Hay nostalgia para quienes crecieron pegados a una videoconsola y fantasía suficiente para conquistar a quienes llegaron bastante después. El resultado funciona especialmente bien porque no obliga a elegir público: puede ser una cena diferente en pareja, un plan divertido entre amigos o una comida con los más pequeños.
Mucho más que decoración
Porque aquí llega la parte importante. Luigi’s podría haberse conformado con ser uno de esos restaurantes a los que se va una vez para hacer la foto, subirla a Instagram y pasar al siguiente. Por suerte, no lo hace. Detrás de toda esa puesta en escena hay una propuesta de cocina italiana reconocible y bastante más seria de lo que el despliegue visual podría hacer pensar: pastas, pizzas, antipasti y recetas clásicas conviven en una carta amplia, pensada sobre todo para pedir al centro y probar varias cosas.

El vitello tonnato fue de nuestros entrantes preferidos
Nosotros empezamos con dos platos que ya dejaron claro que aquí merece la pena apartar durante un rato la mirada de las paredes. El vitello tonnato, con finas láminas de ternera cocinada a baja temperatura y una cremosa salsa casera de atún, anchoas y alcaparras, resultó fresco, equilibrado y muy adictivo. Y todavía mejor nos pareció el carpaccio de picaña: carne cocinada a baja temperatura, rúcula y virutas de parmesano en un plato sencillo sobre el papel, pero de esos que desaparecen de la mesa bastante más rápido de lo previsto.
Después llegó uno de los platos que justifican la visita por sí solos: los Spaghetti Forma di Pecorino, pasta salteada directamente dentro de una rueda de queso pecorino hasta quedar envuelta en una salsa intensamente cremosa. Tiene ese punto de espectáculo que encaja perfectamente con Luigi’s, pero lo importante sucede después: está realmente buena. Y si se quiere seguir explorando la carta, hay alternativas que van desde unos pappardelle con ragú boloñés cocinado lentamente hasta spaghetti alla Nerano con calabacín frito, provolone y albahaca, ravioli rellenos de carrillera o una carbonara elaborada con yema de huevo, guanciale y pecorino.

Otro imprescindible es la pizza con jamón de Parma
Pero si tuviéramos que rescatar otro imprescindible de nuestra visita, sería la pizza con jamón de Parma. Fue, de hecho, una de las grandes sorpresas de la comida y probablemente nuestra favorita: una de esas pizzas que recuerdan que, por mucho decorado, color y fantasía que haya alrededor, al final todo se decide cuando das el primer bocado. La carta actual mantiene varias opciones, desde la carbonara con base cremosa de pecorino y guanciale hasta la Luigi’s, con ricotta, mozzarella, patata, huevo poché y jamón de Parma de 18 meses.
Y hay otro argumento para tenerlo fichado más allá de una cena especial. Luigi’s ofrece diferentes fórmulas de menú, entre ellas opciones de terraza muy competitivas para comer italiano en pleno centro de Madrid sin disparar la cuenta. Su propuesta parte de 14,95 euros por persona en días laborables, con tres platos a elegir, bebida y café o postre; además, dispone de otra modalidad de terraza de 18,95 euros que amplía las posibilidades a pastas y pizzas. Una excusa bastante convincente para regresar y seguir probando carta.

Al final, Luigi’s funciona precisamente porque entiende algo que no todos los restaurantes temáticos consiguen: la sorpresa puede hacer que entres, pero es la comida la que tiene que hacer que vuelvas. Aquí la estética suma, la nostalgia hace el resto y la cocina italiana sostiene la partida. En una ciudad en la que cada semana parece abrir un nuevo restaurante pensado para hacerse viral, encontrar uno en el que apetece guardar el móvil y atacar la pizza es, probablemente, la mejor pantalla que se puede superar.