Madrid tiene un problema con la cocina asiática. Y no es que falten restaurantes precisamente, sino que la mayoría han decidido que Asia cabe en tres platos: un bao, un ramen y unas gyozas. En ese paisaje de clones con luces moradas, que alguien se atreva a hacer algo distinto no es solo una buena noticia. Es casi un acto de rebeldía gastronómica.
En este contexto encontramos a KŌte Taberna Asiática, o lo que es lo mismo, la inmensidad de un continente entero traducida a una carta con más de cuarenta platos donde conviven Corea, Japón, Tailandia, China y alguna escala imprevista, todo con un enfoque moderno, sin pretensiones de alta cocina pero con la técnica suficiente para que cada plato tenga identidad y cada bocado tenga sentido.

Donde Asia se encuentra con la calle Princesa
La ubicación no es casual: este es territorio de gente joven, de planes espontáneos y de “te renta cenar algo antes de Salir” KŌte encaja como si lo hubieran diseñado a medida.
Se trata de un espacio que mezcla estética urbana asiática con detalles que evocan las tabernas tradicionales del continente: luces de neón, carteles con caracteres japoneses, ilustraciones que recuerdan al arte clásico oriental y un diseño que parece sacado de una callejuela de Tokio o de un rincón de Seúl.

Un proyecto con nombre propio
KŌte nació bajo la órbita del Grupo Macao, con la asesoría en su apertura del chef Víctor Camargo, que ayudó a definir el concepto inicial y a diseñar una carta con personalidad. Esa influencia se nota todavía en la filosofía del restaurante: la fusión como método, el respeto al producto como base, y esos guiños entre Asia y España que aparecen en ciertos platos como una firma discreta.
Nosotros empezamos por donde hay que empezar: los langostinos tigre. Porque si hay un plato en KŌte que resume toda la filosofía del restaurante es sin duda este. Llegan crujientes por fuera, con un rebozado que cruje como tiene que ser para que por dentro el langostino mantenga su jugosidad y su sabor a mar intactos. Es el plato que pedimos como aperitivo y que pediríamos otra vez sin dudarlo.
El tataki de salmón con gochujang y miel es otra de las estrellas de la carta, y lo es por razones que van más allá de lo esperado. El salmón llega sellado con precisión, acompañado de una salsa de gochujang y miel que combina el picante coreano con un dulzor sutil sin que ninguno de los dos se imponga al otro. Es un plato de equilibrio. De esos que comes despacio, no porque estés lleno sino porque quieres que dure.
Después realizamos el test infalible para saber la ambición de todo restaurante asiático: cómo trata el arroz. Si lo reduce a acompañamiento triste, desconfía. Si lo convierte en protagonista, presta atención. En KŌte el arroz con pato pertenece a la segunda categoría. El grano está bien cocido, donde el pato aporta un umami profundo, aromático, que transforma el plato en algo que pides como principal y que podría serlo sin complejos en cualquier restaurante que se tome en serio la cocina asiática.

Cuarenta platos y un menú del día que no es trampa
La carta de KŌte tiene esa amplitud que invita a volver. Más de cuarenta opciones pensadas para compartir: gyozas fritas de pollo o de vegetales, saam de rollito de pollo al curry, rou bao, siumai de cerdo, xiao long bao, chicken karaage, bulgogi, crispy salmon estilo thai, tartar de salmón sobre arroz crujiente, coliflor gomadare… Es una carta para explorar, para ir probando en sucesivas visitas, para no repetir si no quieres (aunque con los langostinos tigre la tentación es irresistible).
Pero quizá la mejor puerta de entrada a KŌte sea su menú del día, disponible de lunes a viernes. Dos platos a elegir de la carta, postre y bebida incluidos. Es una de esas ofertas que suena demasiado bien para ser verdad y que, sin embargo, lo es: permite descubrir la carta en condiciones reales, sin versiones reducidas ni platos de segunda. Sales satisfecho, sorprendido y con la certeza de que vas a volver un sábado por la noche a explorar el resto.
Ve con hambre. Ve con curiosidad. Y sobre todo, ve con alguien dispuesto a compartir, porque esta carta está pensada para mesas donde los platos circulan, los palillos se cruzan y nadie reclama territorio. Es Asia vista desde la calle Princesa. Y la vista, creednos, es magnífica.